El Bicho

Mmm…hoy voy a tocar un tema más personal. Os quiero hablar del Bicho, un individuo ágil, egoísta y muy, muy malo. El Bicho es un poco como el pequeño demonio que se posa en los hombros de los personajes de Disney, siempre al acecho y siempre comiéndote la cabeza, dispuesto a manipular cualquier pensamiento o movimiento.

Eran los primeros meses de tercero de la ESO, última hora. El profesor de biología impartía uno de los primeros temas del curso: Alimentación y Nutrición. Recuerdo estar comiendo un Kinder Bueno, un poco distraída, cuando oí por primera vez la palabra que más adelante me cambiaría la vida: calorías. Por alguna razón sentí el impulso de participar en la conversación. Alzé mi mano y pregunté: ¿Y cómo sabes cuántas calorías tiene algo?, ¿cómo se miden?. Mis compañeros se rieron de mi pregunta tan absurda. Por lo visto era cultura general. Entonces una compañera de al lado me dijo muy segura: «Niña, eso lo miras en el paquete. Eso que te estás comiendo tiene muchísimas, para que lo sepas». No sé si fueron las risas, su respuesta tan directa o el conjunto de las dos, pero de alguna forma me sentí intimidada.

Semanas más tarde, me encontraba en el campo cogiendo higos de nuestra higuera. Mi abuelo estaba conmigo. Siempre había tenido una debilidad por los dulces y si bien me habían advertido de las consecuencias de abusar de bollos y galletas, eso no era algo que me preocupase, y menos en ese momento cuando estaba sustituyendo los cereales por fruta. ¿Y qué hay más sano que la fruta?- pensaba yo. Una vez más, esa palabra me pilló de sorpresa: Niña, no comas tantos higos que son muy calóricos. ¿Calóricos?- exclamé. Sí, sí, son unas bombas de azúcar y si comes muchos vas a engordar- respondió él. Su afirmación me trajo a la memoria ese día en la clase de biología, pero esta vez decidí coger mi teléfono e investigar, en parte porque no me creía que unos inocentes higos, incluso en exceso, fuesen perjudiciales. Busqué «¿los higos engordan?» y sin esperarlo, encontré diversas fuentes confirmando la teoría de mi abuelo.

Ahí empezó todo y ahí conocí al Bicho. A partir de ese momento me aseguré de que no consumía ningún alimento que, según foros de Google, engordase. Ya no quería los bocadillos que antes devoraba en el instituto, ni las meriendas de dos horas que solía hacer. Si tenía hambre, me permitía comer una lata de palmitos o una rama de apio. No fue complicado eliminar esos tampoco ya que no los disfrutaba particularmente. Conforme iba leyendo, más reducía la lista de alimentos permitidos. Y mientras menos comía, menor mi apetito. En menos de un mes los cambios en mi aspecto físico eran llamativos. Mi abuela, la persona con la que vivía en ese entonces, ya llevaba semanas preocupada y había llamado a mi madre por teléfono para decirle que tenía que dejar su trabajo en Bristol y volver a casa. Había perdido completamente el control que creía tener en un principio, mi personalidad había cambiado drásticamente y también mis intereses. Algunos momentos todavía prevalecen en mi memoria, otros sin embargo están borrosos. Recuerdo no poder levantarme de la cama una mañana para ir a clase, mis dedos estaban morados por la hipotermia y mi glucosa en sangre era prácticamente inexistente. Rápidamente me llevaron a Urgencias, donde me inyectaron glucagón. Con la aguja en las venas, sólo podía pensar si eso que me estaban metiendo me haría ganar peso. La ignorancia me atormentaba así que se lo pregunté a mi madre que estaba a mi lado. Su mirada de angustia lo dijo todo. Por ese tiempo, ya me estaban viendo dos psicólogos y una psiquiatra. Más adelante me vería también un nutricionista. Con tan solo 38kg, mi cuerpo estaba en modo supervivencia y buscaba la forma de ahorrar los pocos recursos que le quedaban. Mantener un cabello sano no era una prioridad por lo que mi melena lisa y sedosa tan característica se quedó reducida a un cuarto. El período también demandaba demasiada energía y, sin grasas ni proteínas en mi dieta, no tardó en irse. Alrededor de diciembre ya estaba tocando fondo y el frío desde luego no ayudaba. Mi espalda y brazos se llenaron de pelitos finos- lanugo- para protegerse de las bajas temperaturas y yo pasaba horas pegada al radiador del baño hasta el punto de quemarme las piernas y despellejar la piel. No soportaba mi imagen en el espejo. No porque me viese gorda, sino porque las costillas asomando eran demasiado desagradables. Lloraba por desesperación. Yo sabía que me había metido en un hoyo, que mi familia estaba sufriendo y que necesitaba comer, pero había algo que me lo impedía. El Bicho me acosaba con sentimientos de culpabilidad con tan solo probar un bocado, así que me las ingeniaba para darle todo lo que podía al perro a escondidas. El Bicho crecía a costa de engañar a mi familia, que ingenuamente me felicitaba después de cada comida. Me había convertido en el reflejo del Bicho y ese egoísmo no me permitía querer a nadie.

Todo era caos, vivía en una pesadilla que yo misma había creado. La anorexia es una enfermedad mental compleja. Y la solución no es «pero come y ya». Una vez que el Bicho penetra tu mente es complicado deshacerse de él. Podría pasarme horas y horas describiendo el proceso. Lógicamente, esto es sólo un post de WordPress así que me limitaré a decir que lo he superado, que después de años de pesadumbre veo luz y me siento libre, no una marioneta de «alguien» cuyo objetivo final es la muerte. Mentiría si dijera que todo es parte del pasado, todavía sufro algunas de sus consecuencias. La adolescencia es una etapa crucial para socializar, divertirse, crear lazos y conocerse uno mismo. Yo me aislé totalmente durante todo ese tiempo y eso es algo en lo que ahora tengo que trabajar el doble. Mi autoestima a menudo está por los suelos y por lo general es inestable. Mi pecho no tuvo la oportunidad de desarrollarse completamente. Y mi pelo no ha recuperado toda su fuerza.

Por otra parte, esta experiencia también me ha enseñado mucho. He aprendido a apreciar cada detalle y a realmente valorar a las personas que quiero. Me ha hecho consciente de los esfuerzos de nuestro cuerpo por mantenernos vivos, lo que me motiva a respetarlo y cuidarlo. Ahora soy consciente del sufrimiento de otros y soy más empática. He madurado. En definitiva, esta vivencia me ha hecho una mejor persona y estoy agradecida por ello.

Esta enfermedad no es culpa de nadie; es la punta del iceberg de una insatisfacción y un desajuste que ya existía y que se hubiese manifestado de una forma u otra tarde o temprano. Y es gracias al apoyo incondicional y constante de mis seres queridos, especialmente mi madre y abuelos, que he salido adelante.

3 comentarios sobre “El Bicho

  1. Me he emocionado mucho con esta confesión y me parece muy valiente de tu parte que lo hayas hecho. Es por otra parte una pena que hayas tenido que pasar por este calvario para madurar y aceptarte como eres.
    Espero que sigas luchando como hasta ahora con esa fuerza y que encuentras tu lugar en este mundo tan difícil que te ha tocado vivir.
    Mis mejores deseos para ti Elu y mucho ánimo!!! Te quiero mucho

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  2. Tu carita en la foto lo dice todo… qué pena. Ojalá tu experiencia pueda servir a otras niñas que estén pasando por esto… Identificar a ese algo que te come por dentro como “El Bicho”, algo que no eres tú misma, sino un ser maligno que quiere destruirte, es la mejor forma de luchar contra la enfermedad. Gracias por tu honestidad

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